El otro día leía una triste noticia en el EducaBlog, el Blog de la Educación Social, sobre la agresión sufrida por una Educadora en un centro de menores de Toledo por parte de un adolescente que le asestó seis puñaladas. Afortunadamente, parece que esta profesional está mejorando de las heridas sufridas.
El menor en cuestión, según se puede leer en los enlaces que se facilitaban en la mencionada bitácora, se hallaba ingresado en ese recurso porque la madre del mismo “no podía hacerse con él“. Además, parece que este chico lleva internado en diferentes espacios de este tipo desde 2008 y que tiene una enfermedad mental “que nadie acierta a diagnosticar de forma correcta“, según la progenitora.
Una difícil situación, sin duda, y una difícil postura para la madre que, como tal, se ve en la tesitura de defender a su hijo tras suceder este terrible suceso. Es comprensible. Ella llega a afirmar que “todos los padres tenemos que luchar por nuestros hijos, sean lo que sean y yo le seguiré apoyando a mi hijo, pase lo que pase. No le vamos a dejar en el camino“. Insisto: es lógico.
Este es un caso extremo y viene mediatizado por una patología mental que, en cierta forma, justifica la defensa de esta madre. Pero, desgraciadamente, existen muchos casos de padres y madres que defienden a sus hijos e hijas a capa y espada aún cuando no tienen razón para hacerlo y, de esta forma, sólo contribuyen a desresponsabilizar a sus vástagos de sus actos lo cual, a su vez, tiene unas consecuencias nefastas para su desarrollo educativo.
En este sentido, son muchos los progenitores que suelen responsabilizar a terceros de las actuaciones llevadas a cabo por parte de sus hijos: al instituto, a la televisión, a las amistades, a la sociedad… Provocando, de esta manera, que los causantes últimos de determinados actos se queden con la sensación de que, en cierta forma, ellos o ellas no han tenido nada que ver con lo ocurrido.
Y, muchas veces, como decía antes, ésto no es beneficioso para los propios menores. Hay que educar en y desde la responsabilidad y no se es peor padre o madre por hacer ver a nuestro hijos que, muchas veces, ellos y ellas son los responsables de sus actos. Evidentemente, hemos de estar a su lado para acompañarles, para advertirles y para que entiendan todo esto, pero quitándoles toda responsabilidad o culpabilizando a otros no vamos a favorecer su autonomía o su desarrollo madurativo.
Para acabar quiero insistir en que el caso comentado al principio es extremo, especial y delicado y puede que en esta situación la madre haya hecho todo lo posible para que su hijo no acabase de este modo, pero sirva el mismo para recordar que sí, que hay veces que nuestros hijos e hijas son culpables y que si tratamos de tapar ésto con el supuesto fin de defenderles estaremos contribuyendo a que situaciones así se puedan repetir en el futuro.
